PERSISTENCIA. Una fotografía histórica de indígenas, exhibida en el barco-museo Ayapua, se yuxtapone con una vista actual del río Itaya para representar las huellas de la violencia cauchera.

La violencia heredada: las voces de los descendientes del caucho

La violencia heredada: las voces de los descendientes del caucho

PERSISTENCIA. Una fotografía histórica de indígenas, exhibida en el barco-museo Ayapua, se yuxtapone con una vista actual del río Itaya para representar las huellas de la violencia cauchera.

Foto: OjoPúblico / Fidel Carrilllo

Tsiuni significa “escuchar” en lengua kukama. Es también el nombre del colectivo de jóvenes indígenas de diversos pueblos de la región Loreto que presentó una demanda contra el Estado peruano para que se investiguen los hechos ocurridos durante el auge de la explotación del caucho en la Amazonía. Hijos, nietos y bisnietos de las víctimas, entrevistados por OjoPúblico, reconstruyen una historia marcada por la violencia, los silencios y los traumas heredados.

8 Febrero, 2026

Con la colaboración de Leonardo Tello / Red Investigativa Regional en Loreto

 

Para los descendientes de las víctimas de la explotación del caucho en Loreto, Iquitos es una ciudad que duele. Los nombres de calles como Próspero o Fitzcarrald evocan ese pasado de violencia en la Amazonía peruana cuyo auge se dio entre finales del siglo XIX y 19141

Durante ese período, los llamados barones, quienes controlaban la extracción y el comercio de la resina, cometieron abusos sistemáticos contra las poblaciones indígenas en la zona cauchera, comprendida entre los ríos Putumayo y Caquetá2. Esos crímenes no han sido reparados hasta hoy, lo que, a decir del antropólogo Alberto Chirif, hace evidente "la negligencia del Estado peruano frente a los hechos que en su momento fueron denunciados como masacres".

Los hijos, nietos y bisnietos de quienes sufrieron torturas o fueron asesinados sienten que la ciudad no representa su voz. El Museo Amazónico cuenta con un espacio permanente dedicado a la cronología de la explotación del caucho y a la exposición de esculturas en madera de hombres y mujeres de los pueblos indígenas sometidos, pero no es suficiente.

Los hijos, nietos y bisnietos de quienes sufrieron torturas o fueron asesinados sienten que la ciudad no representa su voz.

El barco-museo Ayapua, anclado a orillas del río Itaya, en la parte baja de la plaza Ramón Castilla, muestra cómo viajaban los barones en busca de caucho; en la parte inferior de la embarcación iban los indígenas, sin alimento y en condiciones de insalubridad que muchas veces los llevaban a morir durante esas travesías.

Mientras tanto, el ‘boom’ cauchero sigue siendo celebrado. En mayo de 2024, el gobierno regional de Loreto inauguró en Iquitos el Paseo del Caucho como zona turística y de actividad comercial. En su recorrido, hay esferas de cemento que representan las bolas de caucho que se formaban con el látex extraído para su comercialización.

MEMORIA. En 2017, diversos puntos de Nauta fueron intervenidos con murales que dan cuenta de la época del caucho en esta ciudad. 
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

OjoPúblico conversó con nueve jóvenes que forman parte del colectivo Tsiuni (“escuchar”, en lengua kukama), que presentó el 13 de octubre de 2025, ante el Poder Judicial, una demanda de hábeas corpus para exigir que el Estado peruano ordene la creación de una Comisión de la Verdad que investigue los crímenes cometidos contra los pueblos amazónicos durante la época del caucho.

Este medio también entrevistó a tres adultos mayores de Nauta, quienes señalaron que la barbarie no terminó con el fin del boom cauchero, sino que se replicó en la extracción de la shiringa, el palo rosa y la tala de madera.

No se conoce el número exacto de víctimas, entre quienes sobrevivieron y quienes murieron. Lo que sí persiste son las huellas. En los testimonios recogidos para este especial, algunos lloraron; otros se detuvieron, en silencio, al recordar lo que les contaron. Muchos solo conocen fragmentos: retazos de dolor de una historia que no pudo ser dicha completa.

No se conoce el número exacto de víctimas, entre quienes sobrevivieron y quienes murieron. Lo que sí persiste son las huellas.

El colectivo está conformado por 30 jóvenes de los pueblos Kukama, Maijuna, Secoya, Murui, Bora, Tikuna, Awajún, Arabela, Achuar y Wampis, principalmente. Estiman que, entre 1880 y 1920, fueron asesinados entre 30.000 y 100.000 indígenas en la Amazonía peruana.

HISTORIA. El barco-museo Ayapua, en la parte baja de la plaza Ramón Castilla, muestra cómo viajaban los barones en busca de caucho.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Los testimonios coinciden en que el abuso que se ejercía en los campamentos de extracción se trasladaba a los pueblos. Muchas mujeres fueron víctimas de violencia sexual por parte de los patrones. La deuda eterna que los hombres no podían saldar con su trabajo arrastraba también a sus hijos y nietos, condenándolos al hambre, a la falta de educación y a la imposibilidad de acceder a una vida distinta.

La demanda, ingresada en el Juzgado Mixto de Nauta de la Corte Superior de Justicia de Loreto, se sustenta en el derecho a la verdad: derecho a conocer los crímenes cometidos contra un sector de la población y a extraer de ellos lecciones para que no vuelvan a repetirse. Para los descendientes de las víctimas, escuchar esa verdad es también una forma de empezar a reparar.

 

Pedro Grandez Garcés, 28 años

Estudiante de derecho y pertenece al pueblo kukama. Es de Nauta 

 

Cuando tenía entre ocho y diez años, su abuelo le contaba historias de la época del caucho. Una de las que más recuerda es la del tigre negro.

En los campamentos donde se extraía caucho o cortaba madera, decía su abuelo, aparecía el tigre negro. Se comía el cerebro o chupaba la sangre de las personas. En uno de esos ataques, alguien se subió a una huacrapona, una palmera alta, y vio lo que ocurría. 

Años después, cuando en el colectivo Tsiuni empezaron a investigar lo ocurrido en sus familias y conversó con su madre, entendió que el tigre negro no era solo un animal. Que así se hablaba de los patrones, de lo que hacían. Ella guardaba relatos que su abuela le había contado, de lo que había pasado con ella y con su bisabuela.

QUIEBRE. Durante su testimonio, Pedro Grandez lloró al recordar las historias que su madre le ha narrado sobre lo que vivieron a mano de los patrones del caucho.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Los patrones llegaban a las comunidades en lanchas con víveres, ropa y útiles escolares. El abuelo de Pedro sacaba crédito: a veces un cuaderno, a veces un machete. El patrón recogía el caucho, lo pesaba, y le decía que seguía debiendo. Podían pasar meses, incluso dos años, pagando un solo machete. La deuda no terminaba nunca, y no la pagaban solo los abuelos, sino también sus hijos: los tíos y los padres de Pedro, condenados al hambre y a la falta de educación.

En la zona también había patrones dedicados a otras actividades extractivas, sobre todo la madera. La población buscaba trabajo con ellos. Y ocurría lo mismo: trabajaban y no les pagaban o terminaban debiendo más de lo que ganaban.

Podían pasar meses, incluso dos años, pagando un solo machete. La deuda no terminaba nunca.

En ese contexto, la abuela de Pedro tuvo un hijo producto de lo que ella llamaba “el embarazo del sapo”. Contaba que un sapo se le aparecía en sueños, la seducía y la embarazaba. De ese embarazo nació un niño de tez blanca y ojos claros. Murió cuando tenía 15 años. Pedro dice que cuando habla del embarazo del sapo se refiere a un abuso sexual cometido por un patrón. En los pueblos indígenas, estas historias se cuentan de manera simbólica para abordar sucesos traumáticos.

Esos hechos marcaron a su familia. Solo de adulto, Pedro comprendió que son parte de una violencia que adoptó distintas formas y que todavía duele. Su madre va a cumplir 60 años y cada vez que recuerda estas cosas, llora.

PRESENCIA. Fotografía de una escultura del artista Felipe Lettersten que se exhibe en el Museo Amazónico sobre una foto de una calle de Iquitos como símbolo de esa herencia.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

 

Jeferson Aurelio Butron Ríos, 19 años

Estudiante de enfermería del pueblo maijuna

 

Su madre también es técnica en enfermería y, antes que ella, lo fue su padre. Su abuelo se llamaba Enrique Ríos Díaz. Murió hace dos años, a los 75 años, y pasó su juventud trabajando en la extracción del látex del árbol de shiringa en la comunidad San Pablo de Totolla, donde también creció Jeferson hasta que migró a Iquitos para estudiar.

Su abuelo no recibía dinero por su trabajo. Le daban ropa, jabón, azúcar, cosas básicas que no podía conseguir porque la ciudad quedaba demasiado lejos. A cambio, entregaba el látex. Las cuentas siempre estaban en su contra: los productos que recibía eran sobrevalorados y lo que él extraía no alcanzaba para cubrir la deuda.

ESPERANZA. Jeferson Butron espera que lo que vivieron sus antepasados del pueblo maijuna no se repita nunca más.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Recuerda que también le contaron que había abusos físicos, aunque no entra en detalles. Fue su abuela, Blanca Ríos Mozambite, quien empezó a hablarle de esos años cuando él tenía diez años. La recuerda llorando y haberse preguntado, siendo niño, cómo hacer para que esas épocas no se repitieran.

Después de la shiringa llegó el comercio del palo rosa. Cerca de la comunidad levantaron una fábrica y el abuelo de Jeferson volvió a trabajar por ropa, jabón y azúcar. Tuvo 13 hijos, pero solo siete sobrevivieron. En ese tiempo no los vacunaban y muchos niños morían. Con el tiempo, cuando la explotación del palo rosa disminuyó, se volvió auxiliar de enfermería.

La madre de Jeferson también eligió ese camino, aunque no le gusta hablar de los años en los que su padre fue explotado. Tampoco habla en su lengua originaria. Jeferson quiso aprenderla, pero ella le dijo que no sabía. Algunas lenguas, como ciertos recuerdos, se guardan en silencio para evitar exponerse.

 

Maruja Gormas Medines, 27 años

Antropóloga del pueblo maijuna, creció en el Estrecho 

 

Estudió antropología, aunque al inicio no sabía bien por qué escogió esa profesión. Durante mucho tiempo no preguntó a nadie por la época del caucho, de la que hablan los abuelos y rompen a llorar o se frenan. Recién comenzó a preguntarle al respecto el año pasado a su bisabuela, Justina Gonzales.

PROPÓSITO. Maruja Gormas está interesada en recolectar las historias de los abuelos maijunas para tener un registro de lo que sufrieron.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Justina tiene más de 90 años. Una de las cosas que recuerda es que los patrones los perseguían con armas. Ellos corrían, se metían a los ríos, subían a los árboles. Cuando Maruja intenta preguntar más, ella se detiene. Dice que su bisabuela nunca habla en primera persona, que siempre cuenta lo ocurrido como si le hubiera pasado a otros.

A mitad de la carrera de antropología, Maruja entendió que esta disciplina le permite sentarse con los abuelos, preguntar, escuchar. Dentro del colectivo Tsiuni, quiere centrarse en recolectar las historias de los maijunas, porque son pocos y muchos ya son mayores. Si no se registra ahora, se pierde. Los maijunas eran nómadas, no se asentaban en un solo lugar, explica.

Para Maruja, la demanda no es solo un proceso legal. Es una forma de decirle a las víctimas que su historia es válida, que importa, que alguien quiere escucharla. “Tal vez mi bisabuela nunca sienta los efectos de la demanda, pero simbólicamente quiero que su sufrimiento sea reconocido".

EXPEDICIÓN. Fotografía de barones del caucho en busca de puntos de recolección de gomas silvestres, superpuesta a una imagen actual del río Itaya.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Jhoisy Macanilla Yumbo, 23 años

Estudiante de asistencia administrativa, pertenece a la comunidad Buenavista del pueblo indígena Arabela

 

La historia del caucho le llega por la línea materna, a través de su bisabuelo Mamerto Yumbo Tapui y otros familiares que ya fallecieron. En una ocasión, su bisabuelo le dijo que ocurrían muchas matanzas, que no podían quedarse en un solo lugar. Tenían que avanzar de pueblo en pueblo para sobrevivir y evitar ser esclavizados por personas dedicadas a la madera que acabaron con parte de los pueblos originarios arabela.

Algunos, por miedo, pensaban que los iban a matar y atacaban primero, con flechas y herramientas de madera. Algo parecido ocurrió con pueblos que se aislaron y no regresaron más. Los que intentaron volver fueron atrapados por quienes trabajaban en el caucho.

PÉRDIDA. El bisabuelo de Jhoisy Macanilla Yumbo perdió a toda su familia durante los años de la explotación del caucho.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

En ese contexto, su bisabuelo se separó de su familia. A él le mataron a su madre y a su padre. También a su esposa. Ya tenía hijos cuando logró salir. Escapó solo. Algunos de sus hijos también lograron huir.

Tenía cicatrices en el cuerpo, de cuando corría para salvarse. Decía que esperó muchos años para poder escapar y que, cuando lo logró, salió como pudo. Después rehízo su vida con otra pareja, pero ya no tuvo hijos.

En ese contexto, su bisabuelo se separó de su familia. A él le mataron a su madre y a su padre. También a su esposa. 

Cuando Jhoisy habló con su madre, ella le dijo que estaba bien que se hubiera sumado al colectivo. Incluso dijo que algún día le gustaría contarle más, que a veces no podían ni comer, y se pregunta cómo sobrevivieron.

Cuando hablan de esto, se entristecen, lloran, y ya no pueden seguir. Jhoisy cree que, aunque no hayan vivido esa época, hay una tristeza que se hereda. También están las raíces, dice, y eso es lo que los hace únicos. Quiere transmitir esta historia cuando tenga la oportunidad de volver a su pueblo tras culminar sus estudios.

EXTRACCIÓN. El látex fluye del árbol de caucho, materia prima de una riqueza construida sobre la explotación entre el Putumayo y el Caquetá.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Luz Amelia Saldaña Capino, 20 años

Es bora, del distrito de Pebas, y estudia para ser guía de turismo 

 

Todo lo que sabe sobre la época del caucho lo aprendió escuchando a sus abuelos, César Capino López y Amelia Valles Flores. Ambos eran niños durante esos años. Fueron testigos de los abusos. También fueron maltratados. Decían que incluso los bebés sufrían violencia, aunque no tuvieran la culpa de nada.

Su abuelo fue curaca en Pebas. Desde pequeña creció oyendo esas historias en casa. A veces los relatos se interrumpían por el silencio: había cosas que no podían decir. Otras veces lloraban mientras hablaban. Le decían: “No quiero que esto pase con ustedes”.

VISIÓN. Luz Amelia Saldaña Capino estudia para formarse como guía de turismo. Quiere transmitir la historia de su pueblo cuando ejerza su profesión.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

De niña, Luz Amelia pensaba que esa violencia podía repetirse. Imaginaba ese sufrimiento y sentía miedo. Hoy dice que no quiere que vuelva a pasar. Por eso cree que es importante que el Estado los escuche y que no los olvide.

Como joven indígena, le preocupa ver cómo muchos dejan su identidad y la historia que cargan sus antepasados cuando llegan a la ciudad. Para ella, en cambio, ese pasado sigue vivo y genera una responsabilidad: reconstruir lo que se está perdiendo, cuidar la lengua, la memoria, la identidad.

Como joven indígena, le preocupa ver cómo muchos dejan su identidad y la historia que cargan sus antepasados cuando llegan a la ciudad.

Cuando piensa en su futuro como guía de turismo, tiene claro que no quiere repetir un solo relato. Dice que no basta con mostrar las obras levantadas durante la época del caucho: también hay que contar el sufrimiento, la sangre y la esclavitud que sostuvieron lo que algunos aún llaman progreso.

 

SÍMBOLO. La Casa de Fierro fue construida en el siglo XIX, durante el boom del caucho en la ciudad de Iquitos. Fue diseñada por Gustave Eiffel.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Michell Paredes Ríos, 19 años

Pertenece al pueblo murui y estudia Antropología. Es de la comunidad 8 de diciembre

 

Cuando estaba en quinto de secundaria, el líder de su comunidad les dijo a los más jóvenes que alguno de ellos debía estudiar Antropología como una forma de fortalecer la organización indígena. Michell decidió seguir esa carrera para aportar a su pueblo. Hoy, como parte del colectivo Tsiuni, es vocero y está encargado de recolectar los testimonios de las víctimas entre el pueblo murui.

COMPRENSIÓN. Cuando empezó a estudiar antropología, Michell Paredes entendió las historias de dolor que le narraba su abuela. 
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Antes, cuando oía a su abuela contar historias no le daba importancia. Le parecían cuentos. Recién con la universidad y con el colectivo entendió el peso de esas palabras. Le dio pena darse cuenta que ella necesitaba ser escuchada de verdad.

Su abuela se llama Alicia Ríos Bunaijima (82). Le contaba que su bisabuelo trabajó para los patrones de la shiringa. Cuando no completaba el kilaje de shiringa, lo golpeaban. Ella decía que parecía que iba a morir. 

También le contó que en la escuela y en la iglesia le prohibieron hablar su lengua. Querían que hablara solo castellano. Cuando Michell era niño, su abuela hablaba murui. Hoy ya no lo recuerda del todo.

Ahora, Michell se prepara para escucharla de otra manera, anotando todo en un cuaderno. Dice que ella siempre quiere contar. A veces habla mientras lava ropa, mientras hace sus cosas. Recoger esos testimonios, dice, es urgente. Cuando los ancianos ya no estén, si no se ha registrado su historia, se quedarán sin voz.

 

 

Nubi Ruiz Sánchez, 40 años

Es bora y vive en la comunidad Brillo Nuevo, en el Bajo Amazonas, distrito de Pebas 

 

Es ama de casa y tiene cuatro hijos. Su abuela se llamaba Florentina Ruiz. Falleció hace siete años. Le contó cómo los esclavizaron, lo que les hacían. Lloraba cuando hablaba. Tenía entre ocho y diez años cuando fue testigo de los abusos contra sus padres y ella misma fue violada. Su abuela decía que sentía que su cuerpo no valía.

Esas historias las escuchó toda la familia. Cuando ya estaba muy viejita, se echaba en la cama y empezaba a contar, como si quisiera sacarse todo antes de morir. Cuando hablaba, lloraban juntos. Nubi dice que eso los afectó a todos.

ANHELO. Nubi Ruiz quiere que el Estado peruano reconozca el dolor ocasionado a miles de indígenas, como su abuela.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Por eso ahora quiere que esa historia salga a la luz. No por venganza, aclara, sino para entender por qué pasó, por qué hicieron esas cosas. Quiere llegar a la verdad. Aunque no es fácil. Vive lejos y tiene que hacer artesanía para poder movilizarse cuando la necesitan para participar en las reuniones del colectivo.

El día que el colectivo presentó la demanda contra el Estado por los sucesos de la época del caucho se sintió aliviada. Su padre también estaba comprometido con esta causa. Era curaca de su pueblo y, como dirigente, sentía que tenía que estar. Murió hace tres años. Cuando escuchaba a su madre contar, no lloraba: se agachaba y movía la cabeza.

El día que el colectivo presentó la demanda contra el Estado por los sucesos de la época del caucho se sintió aliviada.

Su abuela está enterrada en su comunidad. Tiene su cruz, su nombre, su fecha de nacimiento y de fallecimiento. Pero Nubi dice que ahora quiere hacer algo más: un recuerdo que diga lo que ella vivió. “El dolor lo sentimos, pero quiero justicia en paz. Para no seguir cargando esto en el corazón. Para no llorar sola. Y para no seguir transmitiendo el dolor a mis hijos”.

DAÑO. Fotografía de una escultura de un cuerpo femenino del artista Felipe Lettersten, superpuesta a una imagen de vegetación, como símbolo de los abusos contra las mujeres.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Katy Lesly Ordoñez Tamai, 23 años

Es técnica agropecuaria, pertenece al pueblo kukama y nació en la comunidad Túpac Amaru

 

En el colegio, dice, le enseñaron que la época del caucho fue el mejor momento económico de la ciudad de Iquitos, una etapa de desarrollo. Pero no se puede hablar de desarrollo, sostiene, cuando detrás hubo un genocidio.

Sus abuelos siguen vivos. Su abuelo vio cómo su padre trabajaba en el caucho, presenció castigos y torturas. Vio morir a su hermano porque el patrón no quiso darle medicina cuando no se completó la cuota exigida. Otros hermanos escaparon y nunca más volvió a verlos.

HERIDAS. Santiago Tamai Icomena y Amalia Maruyama Gutiérrez son abuelos de Katy Ordoñez. A ambos les cuesta hablar de la explotación del caucho.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo 
RECONOCIMIENTO. Katy Ordoñez Tamai refiere que no se puede hablar de un boom del caucho sin reconocer que hubo detrás un genocidio.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo 

 

Su abuela es más reservada. Aun así, le ha contado que su madre fue violada cuando trabajaba como empleada en la casa de uno de los barones de Nauta. Abrir esas heridas no es fácil, dice Katy, sobre todo para las mujeres. Escuchar esas historias también afecta a los más jóvenes. Es un daño psicológico que se transmite. No es fácil ni para quienes hablan ni para quienes oyen.

El colectivo no persigue una reparación económica. Buscan una justicia que empiece, por ejemplo, en cambiar lo que cuenta la ciudad de Iquitos sobre la época del caucho. Para Katy, la Alameda del Caucho es un insulto. Las calles llevan los nombres de los victimarios, pero no hay nada que recuerde a las víctimas.

Escuchar esas historias también afecta a los más jóvenes. Es un daño psicológico que se transmite.

Los jóvenes del colectivo quieren cambiar el rumbo de la historia de la Amazonía. Si todo sigue igual pueden volver a matarlos. Las industrias extractivas siguen siendo agresivas. El Estado, dice, sigue permitiendo todo eso.

 

Danna Gaviota Tello Morey, 25 años

Es antropóloga, del pueblo kukama y es de Nauta

 

Ha estudiado el proceso de revitalización de la lengua y la cultura del pueblo kukama a través de la escuela Ikuari, un espacio impulsado por maestros y abuelos de Nauta

Para trabajar la identidad, explica, fue necesario entender cuándo y cómo se impuso el español en las escuelas. Según los relatos de los abuelos, cuando ellos eran niños comenzaron a recibir castigos en los centros educativos que llegaban a las comunidades: si no hablaban español, los golpeaban. Eso ocurrió hace unos 70 años. Muchos padres prohibieron a sus hijos usar la lengua. En la siguiente generación, el kukama había desaparecido de la escuela.

VÍNCULO. Danna Gaviota Tello refiere que la explotación del caucho está ligada a la pérdida de lenguas y de identidad de diversos pueblos indígenas.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

La escuela Ikuari surgió como respuesta a ese quiebre, para volver a familiarizarse con la lengua y la cultura. Hoy, dice Danna, muchos jóvenes ya pueden mantener conversaciones en kukama. En ese proceso de recuperación, la historia del caucho aparece de manera constante.

Por lo que han podido reconstruir, hasta la época de sus abuelos todavía existían patrones. Hubo familias que conservaron dinero proveniente del caucho y mantuvieron sistemas de explotación, como el pago con víveres. Su abuela materna trabajó en la casa de un patrón y su abuelo paterno en la extracción de la shiringa.

Muchas de las historias más duras no se escucharon hasta que los abuelos decidieron contarlas. No siempre se busca ese momento; hay veces en que se animan a hablar. Danna recuerda un encuentro en el que una abuela del pueblo contaba cómo quemaban a niños.

Hablar de estas historias en profundidad ha sido difícil. Son momentos en los que hay que escuchar y pensar qué hacer con ese dolor. En la Amazonía, explica, no siempre se habla de la tristeza. Muchas mujeres la procesan trabajando en la chacra. Pero, cuando ni siquiera la chacra produce, el ánimo cae aún más. Entonces, cuando el dolor ya no se puede contener, recién se habla, y eso es lo que está ocurriendo ahora, cuando la contaminación de los ríos y la tala indiscriminada lo arrasan todo.

En la Amazonía, explica, no siempre se habla de la tristeza. Muchas mujeres la procesan trabajando en la chacra. 

Como jóvenes, señala Danna, hoy cuentan con herramientas que antes no existían: acceso a información, a medios y a leyes. Eso les permite ayudar a sus abuelos y reparar vínculos que se rompieron cuando muchos tuvieron que salir de sus comunidades para estudiar.

CRECIMIENTO. El malecón Tarapacá, hoy zona turística y comercial de Iquitos, se desarrolló durante el auge del caucho que transformó la ciudad.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Santiago Tamani Icomena, 85 años

Es agricultor y vive en la comunidad de Túpac Amaru

 

Todo lo que sabe sobre la época del caucho se lo contaron sus abuelos y sus tíos, que vivieron la etapa más dura. Contaban que el peón sacaba la resina, llenaba bolsas de treinta, cuarenta o cincuenta kilos y las entregaba, pero eso no alcanzaba para pagar la cuenta que tenía con los patrones.

Santiago también vivió el abuso cuando era niño, aunque ya no se trataba de los patrones del caucho, sino de quienes controlaban la tala de madera. Muchas veces le quitaron la leña que él mismo había cortado sin mayores explicaciones.

TEMOR. Santiago Tamani señala que, aunque ya no se explota caucho, hay otras amenazas sobre sus territorios.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Sus abuelos decían que en la época del caucho el maltrato era también físico. Los hombres sufrían el abuso del patrón y luego descargaban esa violencia en sus esposas, hijas e hijos. Las cosas empezaron a cambiar poco a poco con la llegada de las escuelas a las comunidades.

Al pensar en la demanda que jóvenes de su familia y de otros pueblos han presentado contra el Estado por lo ocurrido en la época del caucho, Santiago tiene dudas. Dice que solos no pueden, que necesitan abogados que los respalden. También teme que traer problemas no convenga.

Sobre la tala, la minería, el petróleo y la contaminación, dice que son las nuevas amenazas sobre sus territorios. Recuerda que en su juventud se sacaba muchísima madera del Marañón, como el tornillo y caoba, que hoy casi han desaparecido, incluso de zonas de reserva. Reconoce, sin embargo, que las cosas han mejorado gracias a la educación. Cree que los jóvenes hoy tienen más oportunidades que antes.

 

Julia Ipushima Manihuari, 77 años 

Profesora en Nauta

 

Su abuelo se llamaba Joaquín Mozombite. Entregaba el caucho que extraía al patrón y, una y otra vez, recibía la misma respuesta: “Todavía te falta pagar tu cuenta”, en alusión a los productos que le daban a cambio de su trabajo. Como no sabía leer ni escribir, buscaba un palo y ahí iba marcando los días que trabajaba. Día por día. El palo terminaba cubierto de marcas, pero el pago nunca llegaba.

RECUERDO. Julia Ipushima aún siente tristeza porque su abuelo murió en la pobreza, sin pagar las deudas que les creaban los patrones del caucho.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Eso le contaban sus abuelos cuando Julia era niña. A veces se sentaban y hablaban de cómo trabajaban, de cómo les robaban, de cómo les hacían daño, también a las mujeres. Su abuela tenía más de noventa años cuando lo recordaba, pero se acordaba bien. Eso es lo que Julia tiene guardado.

El esposo de Julia también trabajó en la shiringa cuando era joven. Él ya sabía leer y sabía cuánto costaban las cosas, por eso no podían engañarlo con las cuentas. Aun así, lo dejaban solo, sin comida, en el monte. A veces tenía que pedir yuca o plátano para no morir de hambre. Pagó su cuenta y volvió a su casa. Ya no quiso saber nada más de ese trabajo.

El esposo de Julia también trabajó en la shiringa cuando era joven. Él ya sabía leer y sabía cuánto costaban las cosas, por eso no podían engañarlo con las cuentas. 

Su abuelo Joaquín, en cambio, murió endeudado. Julia era niña, tendría unos siete años. Lo veía llegar del trabajo y volver a irse. Su ropa era pura remienda. No podía comprarse ropa porque decían que todavía debía. Le entregaban jaboncitos, kerosene, otras cositas, todo con doble precio. Así murió.

 

María Nieves Nashanato Upari, 72 años 

Vive en Nauta. Fue conductora en Radio Ucamara

 

Su padre trabajaba en la shiringa y luego en la madera. Vivían bajo el sistema del patrón: no conocían el dinero y todo lo que recibían —jabón, fósforos, sal, hilo, mercadería— se iba sumando a una deuda que nunca terminaba de pagarse. Su padre solo regresaba para dejar lo básico y volver al monte.

VOZ. María Nieves Nashanato Upari señala que la violencia contra las mujeres continúa. Para ella, nada ha cambiado.
Foto: OjoPúblico / Fidel Carrillo

 

Durante esos años, los hijos no iban a la escuela. Todo estaba orientado a pagar la deuda del patrón. Recuerda que apenas tenían una o dos mudas de ropa. Se bañaban, lavaban la ropa y se turnaban para usarla mientras se secaba la otra. No pasaban hambre, pero vivían con lo mínimo. Otros estaban en peores condiciones.

Cuando la shiringa empezó a escasear, pasaron a la tala de madera. El trabajo era duro y peligroso. En una de esas faenas, su padre sufrió un accidente. Desde entonces, su madre asumió sola la crianza. Pescaban, limpiaban la chacra y sembraban plátano, yuca y arroz. No compraban azúcar. 

Al pensar en la demanda presentada contra el Estado para que se investigue la época del caucho, dice sentir que aún viven como entonces. Habla de la falta de respeto y de la violencia contra las mujeres. Recuerda que muchas fueron violadas por los patrones y que, por eso, hoy existen apellidos que no pertenecen a los pueblos indígenas. Siente que, ante la indiferencia de las autoridades, a la gente solo le queda seguir trabajando duro para sobrevivir, tal y como lo hicieron sus antepasados.

 

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 Referencias bibliográficas

(1) Chirif, A. y Cornejo, M. (2025). Libro Azul Británico: Informes de Roger Casement y otras cartas sobre las atrocidades en el Putumayo.

(2) Chirif, A. (2017). Después del caucho.

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